II DOMINGO DE PASCUA (Ciclo A)

 “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”

Lima 12 de abril 2026

Seguimos viviendo y celebrando la gran noticia que Cristo ha vencido la muerte y que está vivo en medio de nosotros; ojalá que toda nuestra vida como creyentes fuera así, una pascua eterna.  Pero sabemos que es un preámbulo de lo que realmente nos espera en el Reino de Dios, ya Jesús nos ha dicho que su Reino no es de este mundo, sino que es del más allá, donde nos espera Dios. 

Hoy la palabra nos enseña en la primera lectura, cómo realmente podemos ir haciendo realidad ese Reino.  El reino se va construyendo con la generosidad de cada uno, compartiendo lo que tengamos y poniéndolo en común, que prevalezca lo común que lo propio.  El mundo de hoy es al revés, prefiere lo propio que lo común, y el Reino de Dios no lo podemos construir solos, necesitamos de los demás para construirlo juntos.


Aprendamos de aquellas primeras comunidades. Es sorprenderte como fueron haciendo realidad la vida del Reino, eran constantes en la oración, ponían todo en común, reinaba la paz, la armonía y sobre todo el amor.  No podemos vivir desconectados con los demás hermanos, somos una gran familia y Dios quiere reunirnos a todos, donde tengamos una sola alma y un solo corazón dirigidos a Él.

El evangelio nos presenta la otra cara de la comunidad, cómo estaban viviendo antes, con miedos, encerrados en sí mismos, protegidos, sin pensar en los que tenían alrededor.  Pero esta comunidad cambia, y da un cambio radical que es lo que estamos viendo en el libro de los hechos de los apóstoles, una comunidad abierta, que están viviendo en relación, en apertura, en comunión y unidad, y todo esto es gracias a esa presencia salvadora de Jesús en medio de ella.

El evangelista nos narra que los discípulos estaban con miedo, porque pensaban que les iba a suceder lo mismo que al Maestro, pero Jesús se pone en medio de ellos para animarlos, y les da tres encargos, dos para animarlos y otro para que se pongan en marcha.

El primero: les da la paz, y les dice varias veces, "la paz esté con vosotros"; segundo encargo: un regalo, les sopla el Espíritu Santo, un Espíritu Santo que rompe los miedos y les da apertura para salir a anunciar la buena noticia de salvación; y el tercer encargo es que salgan para que puedan ser instrumentos de misericordia. 


Este domingo es el tiempo de la misericordia, y el Señor nos invita hoy a nosotros, y nos manda a ser instrumentos de amor y misericordia, perdonándonos unos a otros y perdonando aquellos pecados que no los podemos retener, sino que debemos liberarnos y liberar a los hermanos de todos aquellos pecados que les atan, y no los deja ser hijos en el Hijo, sino esclavos del pecado.

Para finalizar solo nos toca dar gracias al Señor, así como nos recuerda el salmista en el día de hoy: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia”.  Con estas palabras y diciendo vete en paz, siempre cerramos el sacramento de la reconciliación.

Hermanos, que oportunidad tenemos siempre de reconciliarnos con Dios, como le pasó a Tomás, que pudo reconciliarse con Dios, confiando siempre en su bondad y su misericordia por medio de nosotros mismos.  Jesús realiza una verdadera reconciliación en aquellas vidas rotas por su muerte en cruz y sus culpabilidades.  Su perdón no es por debilidad, sino para destruir la espiral del mal y ayudarles a rehabilitarse.  Cada situación es única. Tomás está pillado por su situación y Jesús le encuentra en su terreno, se mete en sus circunstancias y ahí actúa, dejémonos reconciliar por Dios.

 


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