DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

 


“Cuidarnos y ayudarnos como hermanos”

Lima 06 de septiembre de 2026


La Palabra de Dios de este domingo nos habla de algo muy concreto: no vivimos solos y somos responsables unos de otros. Dios nos ha puesto en una comunidad, en una familia, en una Iglesia, y eso significa que tenemos que aprender a cuidar la vida de nuestros hermanos.

Es fácil decir que queremos a todas las personas, pero lo difícil es amar de verdad a quien tenemos cerca: a quien nos ha herido, a quien piensa diferente, a quien nos ha decepcionado o incluso a quien sabemos que está equivocándose. Y precisamente ahí es donde nuestra fe nos pide dar un paso más.

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta una imagen muy bonita: la del centinela. El centinela es aquella persona que está atenta, que vigila y que avisa cuando ve que existe algún peligro. No tiene que obligar a nadie a hacer lo que él dice, pero sí tiene la responsabilidad de avisar.

Esto también nos pasa a nosotros. Cuando vemos que un hermano está tomando un camino que puede hacerle daño, no podemos simplemente mirar hacia otro lado. A veces tenemos que acercarnos y decirle, con cariño: «Creo que esto no te hace bien», «ten cuidado», «quizá estás tomando un camino equivocado».

Pero aquí hay algo muy importante: corregir no significa juzgar ni condenar. No somos mejores que los demás. Nosotros también nos equivocamos y también necesitamos que alguien nos ayude a ver aquello que estamos haciendo mal.


Muchas veces preferimos callar porque pensamos: «No quiero meterme en problemas», «que cada uno haga lo que quiera», «si le digo algo se va a enfadar conmigo». Y es verdad que corregir a alguien no siempre es fácil. Pero también es verdad que, cuando queremos realmente a una persona, buscamos su bien.

Por eso, la corrección fraterna tiene que nacer del amor. No se trata de decirle al otro sus errores para sentirnos superiores o para demostrar que nosotros tenemos razón. Se trata de ayudarlo a levantarse y a volver al camino correcto.


Y también tenemos que aprender a aceptar que nos corrijan. No siempre es fácil escuchar que nos hemos equivocado. A veces nos ponemos a la defensiva, nos justificamos o nos molestamos. Pero puede que, detrás de esa corrección, Dios esté intentando hablarnos a través de un hermano.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda cuál es el centro de todo: el amor. «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».  Y quien ama de verdad no quiere hacer daño al otro. Al contrario, busca su bien.  Por eso, la corrección fraterna también puede ser una forma de amar.  Cuando vemos que alguien está haciendo algo que le puede hacer daño, ayudarlo a darse cuenta puede ser un verdadero acto de amor.

Pero debemos tener cuidado.  No podemos utilizar la verdad como una excusa para herir.  Podemos decir la verdad, pero tenemos que hacerlo con respeto, con paciencia y con misericordia.  La verdad sin amor puede hacer mucho daño; y un amor que nunca se atreve a decir la verdad tampoco ayuda realmente.


El Evangelio nos presenta precisamente el camino que Jesús propone cuando existe un problema entre nosotros, y lo primero que nos dice es muy sencillo: habla con tu hermano a solas.

Muchas veces hacemos exactamente lo contrario.  Cuando tenemos un problema con alguien, en lugar de hablar con esa persona, hablamos de ella con otros.  Buscamos a alguien que nos dé la razón. Contamos lo que pasó, comentamos sus errores, y así, un problema que quizá podía resolverse entre dos personas termina convirtiéndose en un problema de toda la comunidad.

Jesús nos propone otro camino: primero, hablar directamente con la persona, sin gritos, sin humillaciones, sin insultos. Hablar con sinceridad, pero también con respeto.

Y Jesús nos dice algo muy hermoso: «Si te hace caso, has salvado a tu hermano».

No dice: «Has demostrado que tenías razón».  No dice: «Has ganado la discusión». Dice: «Has salvado a tu hermano».

Ahí está la clave, para Jesús, lo importante no es ganar una discusión, sino recuperar a la persona y reconstruir la relación.

Si no conseguimos resolverlo entre los dos, Jesús propone buscar la ayuda de otras personas.  Es decir, no tenemos que resolver todos los conflictos solos. Hay momentos en los que necesitamos a alguien que nos ayude a escuchar, a comprender y a encontrar un camino de reconciliación.


Esto es muy importante en nuestras familias, en nuestras parroquias y en nuestras comunidades. Hay heridas que se hacen grandes porque nadie se atreve a hablar, encontramos personas que dejan de hablarse durante años por un malentendido.

En definitiva, que la palabra de Dios hoy nos haga caer en la cuenta de que debemos corregirnos mutuamente, para que allá armonía entre nosotros, porque la misma palabra nos lo recuerda: “Les aseguro, además, que, si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo.  Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Comentarios

Entradas populares de este blog

XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Comentario del evangelio por san Ambrosio

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (A)