XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 

“Mándame ir hacia a Ti andando sobre el 

agua

Lima 09/08/26



La Palabra de Dios que escuchamos en este domingo nos presenta dos escenas profundamente humanas: Elías en el monte, cansado y decepcionado, y los discípulos en medio de una barca sacudida por la tormenta.

En las dos escenas hay algo que se repite: el miedo, la soledad, la incertidumbre y la sensación de que Dios está lejos. Pero hay algo todavía más importante: Dios está allí.

No siempre se manifiesta como nosotros esperamos, no siempre llega con grandes señales. Muchas veces Dios se hace presente de una manera discreta, silenciosa y cercana.

La primera lectura nos lleva al primer libro de los Reyes y nos presenta a Elías en un momento particularmente difícil de su vida.

El profeta ha luchado, ha anunciado la Palabra de Dios, ha defendido la fe de Israel, pero llega un momento en que se siente agotado, decepcionado y solo.

Elías sube al monte. Allí espera encontrar a Dios.

Primero aparece un viento fuerte y poderoso. Después un terremoto. Luego fuego.

Pero el texto nos dice que Dios no estaba en el viento, ni en el terremoto, ni en el fuego. Después de todo ese ruido llega algo aparentemente insignificante: una brisa suave, un susurro delicado.

Y allí Elías reconoce la presencia de Dios.


Que linda enseñanza nos deja esta primera lectura: siempre queremos ver a Dios en lo grandioso, ruidoso, en los grandes espectáculos y las grandes masas, sin embargo, Dios no está en esas grandes manifestaciones, está en el silencio, en lo sutil. Porque muchas veces buscamos a Dios solamente en lo extraordinario, queremos que Dios se manifieste haciendo ruido, solucionando inmediatamente nuestros problemas, cambiando las circunstancias de nuestra vida. Pero Dios se hace presente en los detalles pequeños, ahí donde a veces menos imaginamos.

El Evangelio nos sitúa ahora en otro escenario.

Jesús acaba de multiplicar los panes, ha alimentado a la multitud, ha mostrado su compasión y su cercanía, e inmediatamente después manda a sus discípulos a subir a la barca, y mientras ellos navegan, aparece la tormenta.

Una imagen que no está tan lejos de nuestra realidad como navegantes hacia a Dios, ya que hay momentos en los que sentimos que estamos dentro de una barca sacudida por las dificultades, que nos cuestionamos la presencia de Dios: «¿Dónde está Dios?»

Los discípulos seguramente también se lo preguntaban. Pero Jesús estaba acercándose, ellos todavía no podían reconocerlo.

Y cuando lo ven caminando sobre las aguas, se asustan todavía más y piensan que es un fantasma.

Entonces Jesús pronuncia unas palabras que atraviesan toda la escena:

«Ánimo, soy yo, no tengan miedo». Palabras que motivan a Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti» y la repuesta que recibe «Ven». El mismo verbo que uso Jesús cuando le digo ven y sígueme´.

Esa llamada del Señor hace que Pedro salga de la barca y camine hacia él, pero cuando deja de mirar a Jesús y comienza a mirar solamente la tormenta, empieza a hundirse.

Aquí encontramos una de las grandes enseñanzas del Evangelio.

Pedro comienza a hundirse cuando deja de mirar a Jesús.

Mientras sus ojos están puestos en Cristo, avanza.

Cuando sus ojos se concentran exclusivamente en el viento y en las olas, aparece el miedo. ¿No nos pasa también a nosotros?

Cuando dejamos de mirar al Señor y solamente miramos nuestros problemas, nos desesperamos, cuando solamente miramos nuestras limitaciones, perdemos la esperanza. Cuando solamente miramos nuestras heridas, pensamos que no podemos continuar. Cuando solamente miramos las dificultades de la Iglesia, de la sociedad o de nuestras comunidades, podemos terminar pensando que todo está perdido.

Pero el Evangelio nos invita a volver a mirar a Cristo.

No se trata de negar la tormenta. Se trata de no dejar que la tormenta sea más grande que nuestra confianza en Dios … “no tengáis miedo”.

 

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