Pedro Y Pablo
SOLEMNIDAD DE SAN PEDRO Y SAN PABLO
Hoy la Iglesia celebra con inmensa alegría la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, las dos grandes columnas sobre las que Cristo quiso sostener la Iglesia naciente. Aunque fueron muy diferentes entre sí, ambos nos enseñan que la verdadera unidad no consiste en pensar igual, sino en caminar juntos siguiendo a Jesucristo.
Pedro era un pescador sencillo de Galilea. Impulsivo,
espontáneo, cercano al pueblo. Pablo, en cambio, era un hombre culto, formado
en la tradición judía, ciudadano romano, con una gran capacidad intelectual y
un espíritu profundamente misionero. Humanamente eran muy distintos. Incluso
sabemos que en algunos momentos tuvieron desacuerdos (Gál 2,11-14). Sin
embargo, nunca permitieron que sus diferencias destruyeran la comunión.
La iglesia siempre ha motivado o promovido la comunión,
Pedro y Pablo probablemente no se entendieron, pero ambos aportan de su carisma
la unidad de la Iglesia.
Los papas y los santos padres de la Iglesia han que la
Iglesia debe ser una comunidad que construya puentes y no muros, una Iglesia
donde la diversidad de dones se convierta en riqueza para la misión y no en
motivo de división. La sinodalidad no significa uniformidad; significa aprender
a escucharnos mutuamente para descubrir juntos la voz del Espíritu Santo.
La palabra de Dios hoy nos ilumina con El Evangelio que nos
presenta un momento decisivo. Jesús pregunta:
“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?"
Después hace una pregunta mucho más personal: "Y
ustedes, ¿quién dicen que soy yo?" Pedro responde con una profesión de fe
que nace del corazón: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” No responde porque sea el más inteligente, sino porque
ha abierto su corazón a la acción de Dios. Jesús le dice:
“No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi
Padre.”
La Iglesia siempre comienza por esa confesión de fe. Antes que una organización, una institución o una estructura, la Iglesia es una comunidad que reconoce a Jesús como Señor. Pero inmediatamente Jesús le confía una misión:
"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia."
No dice "tu Iglesia", sino mi Iglesia. Pedro no
es dueño de la Iglesia; es servidor de una Iglesia que pertenece únicamente a
Cristo. Toda autoridad en la Iglesia tiene sentido únicamente cuando sirve para
mantener la unidad y confirmar a los hermanos en la fe.
Una Iglesia que sólo quiera salir sin permanecer unida
corre el riesgo de perder su identidad.
En definitiva., Pedro y Pablo son el equilibrio perfecto
entre comunión y misión.
Esta solemnidad nos invita también a mirar nuestras
propias comunidades.
¿Cuántas veces permitimos que pequeñas diferencias nos
dividan?
Todo eso puede convertirse en una riqueza si recordamos
que el centro no somos nosotros, sino Jesucristo.
La sinodalidad comienza cuando dejamos de preguntarnos quién tiene la razón y empezamos a preguntarnos qué quiere el Espíritu Santo para nuestra comunidad.
Que esta Eucaristía renueve en nosotros el deseo de ser
una Iglesia verdaderamente sinodal: una Iglesia que escucha, que dialoga, que
acoge la diversidad como don, que sirve con humildad y que sale con valentía a
anunciar el Evangelio.
Que los santos Pedro y Pablo intercedan por nosotros para
que, unidos en la misma fe y enriquecidos por la diversidad de nuestros
carismas, seamos testigos creíbles del amor de Cristo en medio del mundo.
No podemos olvidar a los hermanos venezolanos que también
son parte de nuestra iglesia y cuando un miembro sufre, todos sufrimos.

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