DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

 


“Dejen que crezcan juntos”

Río de Janeiro, 19 de julio de 2026

Las lecturas de este XVI Domingo del Tiempo Ordinario nos ofrecen una profunda enseñanza sobre la manera de actuar de Dios. En un mundo donde con frecuencia predominan la prisa, el juicio apresurado, la intolerancia y la descalificación del otro, la Palabra de Dios nos revela el verdadero rostro del Señor: un Dios paciente, misericordioso y lleno de esperanza. Las tres lecturas convergen en un mismo mensaje: Dios no busca la condena del pecador, sino su conversión y su salvación. Él espera, acompaña y ofrece siempre una nueva oportunidad para volver a comenzar.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, nos presenta a un Dios que, siendo todopoderoso, manifiesta su fuerza no mediante el castigo, sino a través de la misericordia. “Tú, dueño del poder, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia” (Sab 12,18). La verdadera grandeza de Dios no consiste en imponer su poder, sino en ejercerlo con paciencia y amor. Su justicia nunca está separada de su misericordia.

El Evangelio nos presenta la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-30). El sembrador de la buena semilla es Dios. Él ha sembrado en nuestros corazones el Evangelio, la verdad, la bondad y la esperanza. Sin embargo, mientras todos dormían, apareció el enemigo y sembró la cizaña. Esa mala semilla representa todo aquello que nace cuando el ser humano se aleja de Dios y vive únicamente según criterios humanos: el egoísmo, la corrupción, la injusticia, la división, el odio, el rencor y la indiferencia.

Vivimos en un mundo donde el trigo y la cizaña crecen juntos. Convivimos con personas que buscan sinceramente el Reino de Dios y con otras que, consciente o inconscientemente, siembran división y violencia. Pero la parábola también nos invita a mirar nuestro propio corazón, porque el combate entre el bien y el mal también se libra dentro de cada uno de nosotros.

Los criados preguntan al dueño si deben arrancar inmediatamente la cizaña. La respuesta sorprende: «Dejen que crezcan juntos hasta la siega». Jesús nos revela así la paciencia de Dios. Él no confunde la justicia con la precipitación. Nosotros solemos etiquetar rápidamente a las personas, juzgarlas y condenarlas. Dios, en cambio, conoce el corazón y espera el tiempo de la conversión.

La pregunta que hoy debemos hacernos no es quién es la cizaña que nos rodea, sino ¿Qué estoy sembrando yo? ¿Soy trigo o soy cizaña?

Somos trigo cuando dejamos que el Evangelio modele nuestras decisiones; cuando vivimos la justicia, el perdón, la fraternidad y el servicio; cuando escuchamos la Palabra de Dios y la ponemos en práctica. Nos convertimos en cizaña cuando vivimos encerrados en nosotros mismos; cuando promovemos la mentira, la corrupción, el orgullo, la indiferencia o la división.

San Agustín contempló esta paciencia de Dios en su propia vida. Después de experimentar la misericordia divina, comprendió que el Señor nunca deja de esperar al ser humano. Por eso escribe: “Dios es paciente porque es eterno; espera para que tú cambies, no porque ignore quién eres” (cf. Sermón 23). La paciencia de Dios no es indiferencia frente al mal, sino una oportunidad permanente para la conversión; en definitiva, seremos salvado por la paciencia de nuestro Dios.

En conclusión, también hoy nuestra sociedad necesita aprender esta paciencia. En medio de tanta polarización, violencia, corrupción e intolerancia, los cristianos estamos llamados a ser trigo bueno, sembradores de comunión, constructores de paz y testigos de esperanza. No estamos llamados a arrancar la cizaña mediante el juicio o la condena, sino a sembrar el bien con perseverancia, confiando en que Dios hará crecer su Reino.

 

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

Comentario del evangelio por san Ambrosio

Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo (A)

SOLEMNIDAD DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA (CICLO A)