DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

¿Quieren que se les perdone? Perdonen

Lima 13 de septiembre de 2026 


Hay palabras del Evangelio que comprendemos fácilmente, pero que nos cuesta mucho llevar a la vida. 
Una de ellas es perdonar.  Podemos entender la necesidad de amar, de hacer el bien o de acercarnos a Dios; pero cuando alguien nos ha herido, humillado, traicionado o causado un daño, el perdón puede parecernos una tarea casi imposible.
  Sin embargo, la Palabra de Dios de este domingo nos coloca ante una verdad fundamental: quien ha experimentado la misericordia de Dios está llamado a convertirse también en instrumento de misericordia para los demás. 

El perdón no es simplemente una obligación moral; nace de la experiencia de haber sido nosotros mismos perdonados por Dios. 

La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico, nos ofrece una pregunta que sigue siendo profundamente actual: “¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor?”.  El autor sagrado nos invita a abandonar el furor, la cólera y el rencor, porque el rencor no solo afecta nuestra relación con quien nos ha ofendido; también termina dañando nuestro propio corazón. 


Guardar resentimiento significa permitir que una herida del pasado siga ocupando un lugar demasiado grande en nuestro presente.
  A veces creemos que al guardar rencor estamos castigando al otro, cuando en realidad somos nosotros quienes permanecemos atados a aquello que nos hizo daño, por eso, el perdón es también un acto de libertad interior.
 

Perdonar no significa decir que lo ocurrido estuvo bien, ni negar la gravedad de una ofensa. Tampoco significa renunciar a la justicia o aceptar situaciones de abuso. Perdonar significa decidir que el mal recibido no tendrá la última palabra sobre nuestra vida.  Es dejar de alimentar el deseo de venganza y permitir que Dios sane aquello que nosotros no podemos sanar por nuestras propias fuerzas.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda: “Ninguno de nosotros vive para sí mismo”. Nuestra vida pertenece al Señor. Esta afirmación ilumina también nuestras relaciones humanas. Cuando dejamos que el rencor, el orgullo o el deseo de venganza gobiernen nuestro corazón, olvidamos que nuestra vida está llamada a vivir según la lógica de Cristo. 

Y llegamos al Evangelio.  Pedro se acerca a Jesús y le pregunta: “Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”. Pedro piensa que está siendo generoso. Siete veces parece una cantidad enorme, pero Jesús responde: “No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. 

Jesús no pretende que llevemos una cuenta de las veces que perdonamos.  Más bien, quiere enseñarnos que el perdón cristiano no puede estar sometido a una calculadora. El discípulo de Jesús no pregunta constantemente: “¿Cuántas veces tengo que perdonar?”, sino que aprende a vivir desde una actitud permanente de misericordia. 

Para explicar esta enseñanza, Jesús presenta la parábola del siervo que recibe el perdón de una deuda enorme.  Su señor tiene compasión de él y le perdona completamente la deuda.  Sin embargo, poco después, este mismo hombre se encuentra con un compañero que le debe una cantidad mucho menor y se niega a perdonarlo. 

Aquí aparece la contradicción: ha recibido misericordia, pero no sabe ofrecer misericordia. 

Por eso el señor le reprocha: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.  Esta pequeña palabra —“como”— contiene una de las claves del Evangelio. Jesús nos invita a perdonar como Dios nos perdona. 

También nuestras comunidades necesitan aprender a perdonar.  Allí donde hay personas, existen diferencias, incomprensiones y heridas.  La comunidad cristiana no es una comunidad de personas perfectas, sino de personas que aprenden a caminar juntas, a reconocerse pecadoras y a ofrecerse mutuamente nuevas oportunidades. 

Por eso el perdón es indispensable para construir una sociedad más humana. Una sociedad dominada por el resentimiento, la venganza y la confrontación termina destruyendo sus propios vínculos. En cambio, la misericordia abre caminos de reconciliación, diálogo y paz. 


Finalmente, la Eucaristía que celebramos está profundamente marcada por esta experiencia.  Comenzamos reconociendo que somos pecadores. En el Credo proclamamos nuestra fe en el perdón de los pecados. En el Padrenuestro pedimos: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Antes de recibir la comunión pedimos al Señor que no tenga en cuenta nuestros pecados y que nos conceda la paz y la unidad, y proclamamos a Cristo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Es decir, pedimos muchas veces el perdón de Dios durante la Eucaristía. Por eso no podemos salir de ella con el corazón cerrado a nuestros hermanos. 

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