DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO (A)


“Dichosos los invitados al banquete del Señor” 

Lima, 11 de octubre de 2026 


El domingo pasado, la Palabra de Dios nos presentaba la imagen de la viña, símbolo del pueblo que Dios ama y cuida. En el Evangelio de este domingo, Jesús nos ofrece otra imagen llena de esperanza: el banquete de bodas, que representa la invitación de Dios a vivir en comunión con Él y a participar de su amor, su salvación y su alegría. 

En la primera lectura, el profeta Isaías anuncia que Dios preparará un banquete para todos los pueblos, destruirá la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los rostros. Este mensaje nos muestra a un Dios misericordioso que no es indiferente al sufrimiento humano, sino que desea dar esperanza, consuelo y vida a sus hijos. Es una promesa especialmente significativa para quienes atraviesan momentos de enfermedad, soledad, dificultades o pérdida de sus seres queridos. 


En la segunda lectura, san Pablo nos enseña que la verdadera fortaleza no depende de tener una vida sin problemas, sino de confiar en Dios, que nos sostiene en cualquier circunstancia. El apóstol ha aprendido a vivir tanto en la abundancia como en la necesidad, porque sabe que el Señor permanece a su lado. De la misma manera, nosotros estamos llamados a vivir con gratitud en los momentos buenos y con confianza en los momentos difíciles. Además, debemos anticipar desde ahora la alegría del banquete celestial, consolando a quienes sufren, acompañando a los que están solos y compartiendo con los más necesitados. 


En el Evangelio, Jesús presenta la parábola de un rey que organiza el banquete de bodas de su hijo e invita a muchas personas. Sin embargo, los primeros invitados rechazan la invitación: algunos prefieren ocuparse de sus campos y negocios, mientras que otros maltratan a los servidores del rey. Ante esta negativa, el rey manda invitar a todos los que encuentren por los caminos, tanto buenos como malos, hasta llenar la sala del banquete. 

Esta parábola refleja la historia de la salvación. Dios llama continuamente a la humanidad a entrar en comunión con Él, pero muchas veces las personas rechazan su invitación. Los primeros invitados representan al pueblo elegido, mientras que la invitación dirigida a todos los que están en los caminos manifiesta la universalidad del amor de Dios. El Señor no excluye a nadie por su pasado, sus errores o sus debilidades; desea que todos reciban su gracia y tengan la oportunidad de comenzar una vida nueva. 

Sin embargo, esta parábola también nos invita a examinar nuestra propia respuesta. En ocasiones, nosotros también ponemos excusas para dejar a Dios en segundo lugar. Decimos que no tenemos tiempo para rezar, que más adelante participaremos en la comunidad o que perdonaremos cuando la otra persona cambie. Poco a poco, nuestras preocupaciones, ocupaciones y responsabilidades pueden alejarnos de lo verdaderamente importante: nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. 

El problema no está en trabajar, estudiar o atender nuestras obligaciones, sino en permitir que estas cosas ocupen el lugar que corresponde al Señor. Incluso podemos participar en la Eucaristía y realizar prácticas religiosas sin dejar que el Evangelio transforme nuestro corazón. Por eso, aceptar la invitación de Dios significa mucho más que estar presentes en la Iglesia; significa vivir nuestra fe con sinceridad, amor y compromiso. 

Otro elemento importante del Evangelio es el hombre que entra al banquete sin el traje de fiesta. Esta imagen representa a quien acepta exteriormente la invitación, pero no está dispuesto a transformar su vida. El traje de fiesta simboliza las actitudes y obras que deben corresponder a la fe recibida: la conversión, la humildad, la caridad, el perdón y la fidelidad al Evangelio. No basta con decir que creemos en Dios; es necesario demostrarlo con nuestra manera de vivir. 

La invitación divina es gratuita, pero exige una respuesta libre, consciente y comprometida. Dios nos ofrece su amor y su gracia, pero respeta nuestra libertad. Por eso, las palabras de Jesús, «Muchos son los llamados y pocos los elegidos», nos recuerdan la responsabilidad de responder a su llamada y de no vivir nuestra fe con indiferencia o autosuficiencia. 

Esta enseñanza tiene una importancia especial para quienes estamos en un camino de formación cristiana o religiosa. Debemos preguntarnos si vivimos nuestra vocación con generosidad y alegría o si la hemos convertido en una costumbre o una obligación. El Señor no busca solamente personas que ocupen un lugar en la comunidad, sino corazones disponibles para amar, servir y entregar la vida a los demás. 

En conclusión, la Palabra de Dios nos invita a reconocer que el Señor nos llama constantemente a participar de su banquete, es decir, a vivir en comunión con Él y con nuestros hermanos. No debemos rechazar su invitación por las preocupaciones cotidianas ni conformarnos con una fe superficial. Estamos llamados a acoger su gracia y a revestirnos del traje de fiesta mediante una vida transformada por el Evangelio. 

Por eso, conviene preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida?, ¿qué excusas me impiden responder a su llamada?, ¿estoy dispuesto a cambiar mis actitudes y a vivir mi fe con mayor compromiso? Que el Señor nos conceda un corazón abierto y generoso para aceptar su invitación y compartir su amor con todos, especialmente con quienes más necesitan esperanza, consuelo y misericordia. 

 

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