¿QUÉ NOS IMPIDE CAMINAR HACIA UNA IGLESIA SINODAL?

Hablamos de sinodalidad, pero ¿estamos realmente dispuestos a vivirla?

Mucho hablamos hoy de sinodalidad. La hemos convertido en tema de encuentros, asambleas, documentos, jornadas de formación y discursos eclesiales. Repetimos que queremos una Iglesia de participación, comunión y misión; una Iglesia donde todos podamos caminar juntos, escucharnos, discernir y asumir corresponsablemente la misión evangelizadora. Sin embargo, hay una pregunta que no podemos seguir esquivando: ¿por qué nos cuesta tanto dar el paso hacia esa Iglesia que decimos querer construir?

Quizá la respuesta se encuentre en tres miedos que, aunque pocas veces reconocemos abiertamente, siguen condicionando nuestra manera de ser Iglesia: el miedo a perder el poder, el prestigio y el protagonismo. Las tres P del miedo a la sinodalidad.

1.      El miedo a perder el poder: cuando nos cuesta dejar de controlar

El primer miedo es el poder. No necesariamente ese poder que se manifiesta de manera autoritaria o impositiva, sino también aquel que se esconde detrás de nuestras costumbres, estructuras y formas habituales de ejercer la autoridad.

Jesús vino abrir camino de vida, no a fundar una aduana.

Nos hemos acostumbrado a decidir, organizar, orientar y dirigir. Y, en ocasiones, confundimos la responsabilidad de acompañar y servir con el derecho a tener siempre la última palabra. Nos cuesta abrir espacios reales de participación porque, en el fondo, tememos que otros también puedan pensar, proponer, discernir y decidir.

Pero la sinodalidad no significa que todos tengamos el mismo ministerio ni que desaparezcan las responsabilidades propias de cada vocación y servicio. Significa que nadie puede apropiarse de la misión de toda la Iglesia. La autoridad, desde el Evangelio, no está para controlar, sino para servir; no para concentrar decisiones, sino para favorecer la participación y la corresponsabilidad.

Jesús fue contundente: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” (Mt 20,26).

El problema comienza cuando queremos seguir ocupando el lugar del que decide sin aprender a ocupar el lugar del que escucha. Una Iglesia sinodal necesita autoridades capaces de acompañar, discernir y generar comunión, pero también de confiar y compartir responsabilidades.

2.      El miedo a perder el prestigio: cuando nos preocupa más la imagen que el Evangelio.

El segundo miedo es el prestigio. Nos preocupa cómo nos ven, qué imagen proyectamos, cuánto reconocimiento tenemos y qué lugar ocupamos en la sociedad.

A veces parece que necesitamos demostrar que la Iglesia tiene razón, que sus estructuras funcionan, que sus representantes conservan autoridad y que todo está bajo control. Nos cuesta reconocer errores, escuchar críticas, pedir perdón y aceptar que también tenemos mucho que aprender de quienes están fuera de nuestras estructuras.

Pero ¿desde cuándo el prestigio se convirtió en una preocupación más importante que la fidelidad al Evangelio?

Jesús no vivió preocupado por conservar una buena imagen ante los poderosos de su tiempo. Se acercó a los pecadores, tocó a los enfermos, compartió la mesa con los excluidos y cuestionó las seguridades religiosas que impedían descubrir la misericordia de Dios.

Una Iglesia sinodal no necesita defender constantemente su prestigio. Necesita recuperar su credibilidad. Y la credibilidad no se consigue con discursos, títulos, reconocimientos o estrategias de imagen, sino con una vida coherente con aquello que anunciamos.

Quizá debamos aceptar que perder algo de prestigio institucional puede ser el precio de recuperar la autenticidad evangélica. Porque una Iglesia que tiene miedo a reconocer sus heridas difícilmente podrá convertirse en un lugar de sanación para los demás.

3.      El miedo a perder el protagonismo: cuando creemos que la Iglesia gira alrededor de nosotros

El tercer miedo, quizá el más silencioso, es el protagonismo. Nos cuesta aceptar que no somos los únicos protagonistas de la misión. Hemos construido, consciente o inconscientemente, una manera de entender la vida eclesial en la que algunos hablan, otros escuchan; unos deciden, otros ejecutan; unos aparecen, otros trabajan en silencio.

Y así hemos terminado confundiendo la Iglesia con quienes ocupamos determinados ministerios, cargos o responsabilidades.

Pero la Iglesia no es propiedad de los sacerdotes, de los religiosos, de los obispos ni de ningún grupo particular. La Iglesia somos todos los bautizados. El Espíritu Santo no concede sus dones exclusivamente a quienes ocupan puestos de responsabilidad. También habla a través de los laicos, de las mujeres, de los jóvenes, de las familias, de los pobres y de tantas personas que, desde su experiencia cotidiana, tienen mucho que aportar.

La sinodalidad nos obliga a aceptar que no siempre tenemos que estar en el centro, que otros pueden tener mejores ideas, que hay voces que necesitamos escuchar y que la misión puede desarrollarse de maneras que no habíamos imaginado.

No se trata de perder nuestra identidad ni nuestra vocación, sino de descubrir que somos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

CONCLUSION

Poder, prestigio y protagonismo. Tres realidades que, cuando se convierten en seguridades que no estamos dispuestos a cuestionar, terminan levantando muros donde el Evangelio nos invita a construir puentes.

Por eso, la sinodalidad no puede reducirse a una metodología de reuniones, a una consulta para cumplir un requisito o a una estrategia institucional para renovar nuestra imagen. Es, ante todo, una conversión personal y comunitaria. Supone cambiar nuestra manera de entender la autoridad, las relaciones, la participación y la misión.


No podemos hablar de participación si no estamos dispuestos a compartir las decisiones. No podemos hablar de comunión si seguimos levantando barreras entre quienes tienen voz y quienes solamente tienen que obedecer. No podemos hablar de misión si continuamos creyendo que la evangelización es tarea exclusiva de unos pocos.

Y aquí está el verdadero desafío: pasar de una Iglesia donde unos pocos hacen por todos a una Iglesia donde todos nos sentimos responsables de la misión. Pasar de una Iglesia que escucha para confirmar lo que ya ha decidido a una Iglesia que escucha con la disponibilidad de dejarse transformar. Pasar de una Iglesia preocupada por conservar sus espacios a una Iglesia dispuesta a salir al encuentro de la humanidad.

El papa Francisco nos recordó que el camino sinodal es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio. Y el papa León XIV nos invita a seguir construyendo una Iglesia que camine unida, en comunión y al servicio de la misión.

Pero ningún proceso sinodal llegará demasiado lejos si no estamos dispuestos a revisar nuestras propias resistencias.

Quizá la pregunta más incómoda no sea cuánto hemos avanzado en el proceso sinodal, cuántas asambleas hemos celebrado o cuántos documentos hemos elaborado. La pregunta verdaderamente importante es: ¿a qué estamos dispuestos a renunciar para que otros también puedan participar, decidir y ser protagonistas de la misión?

Tal vez necesitamos perder un poco de poder para ganar fraternidad; perder un poco de prestigio para recuperar credibilidad; y perder un poco de protagonismo para que el Espíritu Santo pueda manifestarse a través de todos.

Porque la Iglesia no necesita más protagonistas que defiendan sus parcelas. Necesita discípulos que se pongan al servicio del Reino.

Al final, la sinodalidad nos coloca ante una decisión profundamente evangélica: seguir protegiendo nuestras tres P o atrevernos a recuperar las tres grandes dimensiones de la Iglesia que soñamos: participación, comunión y misión.

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