DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN (Ciclo C)
“El celo de tu casa me devora.”
Lima, 08 de noviembre de 2025
La fiesta de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán recuerda su consagración (9 de noviembre del año 324 por el P apa san Silvestre) y se celebra en toda la Iglesia latina como signo de amor al Romano Pontífice y de unidad con él. En efecto, se trata de la sede del obispo de Roma, sucesor de san Pedro: celebrar nuestra comunión con él, fortalece también la fraternidad en cada iglesia y la convicción de ser «piedras vivas» en la construcción del «edificio espiritual» donde Cristo resucitado es la «piedra angular» (1 P 2, 4-6).
La fiesta que nos congrega es la dedicación de esta casa de oración. Esta es, en efecto, la casa de nuestras oraciones, pues la casa de Dios somos nosotros mismos. Si nosotros somos la casa de Dios, somos edificados en este mundo para ser dedicados al fin del mundo.
En la primera lectura nos muestra esa agua viva, esa agua que surge del templo que nos puede remitir al bautismo, ya que cuando vamos a Templo, pasamos por esa agua que nos incorpora al gran templo que es la Iglesia, pueblo de Dios, y formamos esa gran familia por medio del bautismo, al sumergirnos en el agua.
En la primera lectura nos muestra esa agua viva, esa agua que surge del templo que nos puede remitir al bautismo, ya que cuando vamos a Templo, pasamos por esa agua que nos incorpora al gran templo que es la Iglesia, pueblo de Dios, y formamos esa gran familia por medio del bautismo, al sumergirnos en el agua.
San Pablo nos va a recordar que cada uno de nosotros somos templo de Dios, es por eso que no podemos hacer lo que nos da la gana con el cuerpo, porque es casa de Dios y podemos estar haciendo como aquellos hombres del evangelio, profanar nuestro cuerpo, en realidad si pensamos así estamos muy equivocados, porque nuestro cuerpo en casa de oración y Dios habita en ella, pero le hemos metido otros dioses, cayendo en el culto al cuerpo.
En el evangelio vemos a ese Jesús, mostrando también ese sentimiento que proviene del Padre. Un Jesús celoso por el templo, por la casa de su Padre, de la que se han apropiado y hecho con ella una cueva de bandidos.
Jesús no soporta ver la casa de su Padre llena de gente que vive del culto. Es ahí, que todas estas personas, con las cosas que hacían en el templo, han puesto su confianza en el dinero y no en Dios. Vemos a Jesús, cómo destaca su celo por el templo del Padre: “mi casa es casa de oración… el celo de tu casa me devora.” Tratándoles de decir que no pongan la confianza en esas cosas banas, sino que pongan la confianza en Él, que ha venido a demostrarnos esa confianza en Dios Padre.
En definitiva, hermanos todas las lecturas nos llevan a mirar o contemplar ese templo, no las paredes frías y vacías, sino a mirar nuestra vida, nuestra historia, en otras palabras, vemos a Jesús hablando del templo, no tanto físico, sino del templo de su cuerpo, ya que Él dice: “Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.” Jesús se está refiriendo al templo de su cuerpo, que en tres días resucitará, ya que Él es el nuevo templo, no es algo figurativo es una realidad, para que los cristianos nos podamos relacionar con Dios Padre en Espíritu y en Verdad a través del nuevo templo, Jesús.
Nos dice que cada uno de nosotros somos también templo de Dios, y que en cada corazón humano está latente esa tentación de convertir el templo de Dios en una cueva de bandidos, que nos gusta llenarnos de cosas, y lo que hacemos es sepultar a Dios en nuestro corazón. Por eso estas palabras deben resonar hoy en nuestra vida: “Quitad esto de aquí; no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.”





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