VI Domingo de Pascua (A)

“El Espíritu Santo les enseñará todo”

                    10 mayo 2026


Seguimos caminando en el tiempo pascual, ese tiempo luminoso en el que la Iglesia contempla a Cristo resucitado y se prepara para la fiesta de Pentecostés. 
El Evangelio de hoy nos sitúa en la intimidad de la Última Cena.

Jesús sabe que pronto subirá al Padre; sabe que sus discípulos sentirán miedo, incertidumbre y hasta la tentación de sentirse huérfanos. Por eso les hace una promesa inmensa: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho”.

Jesús no abandona a su Iglesia. Su Ascensión no es ausencia; es una nueva forma de presencia. Cristo vuelve al Padre para enviar sobre nosotros el Espíritu que anima, ilumina, consuela y guía.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente cómo actúa el Espíritu en la Iglesia naciente. Había un problema serio: algunos querían imponer a los cristianos venidos del paganismo las antiguas normas de la ley judía. La comunidad podía dividirse. Entonces los apóstoles se reúnen, dialogan, oran y disciernen.

Y aparece una frase preciosa: “Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”. No dicen solamente: “hemos decidido nosotros”. Reconocen que el verdadero protagonista es el Espíritu.

Aquí encontramos una enseñanza muy actual para la Iglesia de hoy. El Espíritu Santo no elimina las diferencias, pero ayuda a transformarlas en comunión. No crea uniformidad; crea unidad. En una sociedad polarizada, agresiva y fragmentada, el Espíritu sigue enseñando a la Iglesia el camino del diálogo, del discernimiento y de la fraternidad.


San Agustín decía que el Espíritu Santo es el “alma de la Iglesia”, el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo, y también el vínculo que mantiene unida a la comunidad cristiana. Cuando falta el Espíritu, aparecen la dureza, el orgullo y las divisiones; cuando el Espíritu reina, brotan la paz y la caridad.

La liturgia de la palabra de hoy también nos enseña en un momento de no paz, que la paz nos la da Jesús es por eso que escuchamos: “La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo”.

El mundo ofrece una paz superficial: ausencia momentánea de conflictos, comodidad o seguridad material. Pero la paz de Cristo nace de saber que Dios está con nosotros aun en medio de las tormentas. Es el Espíritu Santo nos da la valentía de construir paz donde hay odio, reconciliación donde hay resentimiento, y esperanza donde parece triunfar la muerte.

El papa Francisco insistía mucho en que el Espíritu Santo “desinstala” a la Iglesia, la saca de la comodidad y la impulsa a salir al encuentro de los heridos. Una Iglesia cerrada en sí misma termina enferma; una Iglesia guiada por el Espíritu se convierte en hospital de campaña para los pobres y sufrientes. 


En la segunda lectura, del Apocalipsis, nos presenta la imagen de la Jerusalén celestial. La ciudad santa no necesita templo ni lámparas, porque Dios mismo es su luz.

Es una imagen profundamente esperanzadora. La meta de nuestra vida no es el caos ni la oscuridad; nuestra meta es la comunión plena con Dios. Y mientras caminamos en esta tierra, el Espíritu Santo ya nos hace gustar esa luz del Reino.

Por eso la Iglesia no puede vivir apagada, triste o resignada. Un cristiano sin esperanza contradice la Pascua. El Resucitado vive y su Espíritu actúa.

Para finalizar nos podríamos preguntar: ¿qué nos pide hoy el Señor?

Nos pide orar en el silencio en medio de tanto ruido, Construir comunidades de comunión, Ser discípulos misioneros con una fe comprometida con los hermanos. Queridos hermanos, Jesús hoy nos repite: “No se inquieten ni teman”. La Iglesia no camina sola. Aunque haya crisis, cansancio o incertidumbre, el Espíritu Santo sigue actuando.

Él sostuvo a los apóstoles después de la Ascensión. Él fortaleció a los mártires, inspiró a los santos y sigue renovando hoy a la Iglesia.

Pidamos en esta Eucaristía la gracia de abrir el corazón al Espíritu Santo. Que Él nos enseñe a amar más a Cristo, a vivir en comunión y a ser testigos valientes de la esperanza pascual en nuestra comunidad eclesial.

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