XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 “El reino de los cielos se parece a un tesoro 

escondido”

Río de janeiro 26/07/26

Las parábolas del Reino ocupan un lugar central en la predicación de Jesús. A través de imágenes sencillas y cotidianas, el Señor nos introduce en el misterio del Reino de Dios. Hoy nos presenta dos de ellas: el tesoro escondido y la perla de gran valor. En ambas, el centro no está en el tesoro ni en la perla, sino en la decisión de quien los descubre. El hallazgo cambia por completo la vida de esas personas: venden todo para quedarse con aquello que realmente vale la pena.

El Reino de Dios no es un complemento para nuestra vida, ni una realidad que se añade a tantas otras preocupaciones. Es el centro que reorganiza toda la existencia. Por eso, el Evangelio nos invita a preguntarnos: ¿qué ocupa hoy el primer lugar en mi vida? ¿Dónde está mi verdadero tesoro?

Vivimos en una sociedad que nos enseña a acumular: bienes, éxitos, prestigio, seguridades y reconocimiento. Sin embargo, Jesús nos propone una lógica completamente distinta: el Reino no se construye sumando, sino restando. Para encontrar el tesoro es necesario desprenderse; para poseer la perla hay que venderlo todo.

No se trata solamente de renunciar a cosas materiales, sino de dejar aquello que ocupa el lugar de Dios en nuestro corazón: el orgullo, el individualismo, la búsqueda de protagonismo, el activismo que no deja tiempo para la oración, la rutina espiritual que apaga la alegría vocacional o la nostalgia que nos impide escuchar las novedades del Espíritu.

Lo hermoso del Evangelio es que el hombre vende todo lleno de alegría. No actúa con tristeza ni por obligación, sino porque ha encontrado algo infinitamente mejor. Esa es la diferencia entre quien simplemente renuncia y quien ha descubierto verdaderamente a Cristo. El discípulo no vive de sacrificios estériles, sino de la alegría de haber encontrado el mayor de los tesoros.


San Agustín hizo esta misma experiencia. Durante muchos años buscó la felicidad en el éxito, en el conocimiento y en los placeres del mundo, hasta descubrir que el verdadero tesoro era Cristo. Entonces pudo escribir aquellas palabras que siguen conmoviendo a la Iglesia:

"Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti". Cristo fue la perla preciosa que dio sentido a toda su existencia, y ¿tú ya haz descubierto esa perla preciosa o ese tesoro escondido?

Esta Palabra resuena hoy con especial fuerza para nosotros, los Agustinos Recoletos, que acabamos de concluir el 38 Capítulo Provincial. Un Capítulo no consiste únicamente en elegir un nuevo gobierno; es, sobre todo, un tiempo de discernimiento para volver a preguntarnos dónde está nuestro tesoro.

La renovación de nuestras comunidades no va a depender solamente de nuevos proyectos o de mejores estructuras. Nacerá, sobre todo, de volver a poner a Cristo en el centro. Existe un riesgo permanente en la vida religiosa: hacer muchas cosas para Dios y olvidarnos de Dios mismo; conservar estructuras y perder el ardor del Evangelio; administrar obras, pero dejar de cultivar la interioridad y la fraternidad.

Cuando aquellos primeros hermanos de la recolección, en un mismo capitulo, tenían ese gran deseo de volver a lo esencial: buscar a Dios con un corazón indiviso, vivir una auténtica fraternidad y salir a la misión con libertad evangélica. Hoy el Señor nos invita nuevamente a vender aquello que impide reavivar nuestro carisma.

Quizá debamos vender nuestras seguridades para confiar más en Dios; desprendernos del individualismo para fortalecer la vida fraterna; dejar el activismo para recuperar el gusto por la oración; renunciar a nuestros intereses personales para construir comunidades más sinodales, más sencillas y más misioneras.

Pidamos al Señor que este nuevo trienio sea un verdadero tiempo de renovación espiritual. Que nuestras comunidades sean reconocidas no por lo que poseen, sino por la alegría de haber encontrado a Cristo, el único Tesoro que nunca se pierde.

 

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