DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (A)

 «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?»


Hermanos, en este domingo, la Palabra de Dios nos coloca delante de una pregunta que no podemos responder de cualquier manera: «Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?». No es una pregunta dirigida solamente a Pedro o a los discípulos de aquel tiempo.  Es una pregunta que Jesús dirige hoy a cada uno de nosotros.

Y vale la pena descubrir cómo hemos llegado hasta aquí. En los domingos anteriores hemos contemplado a un Jesús que va llevando a sus discípulos a crecer en la fe.  Hemos visto a la mujer cananea, una mujer que, desde su necesidad y desde una profunda confianza, no se rinde y termina tocando el corazón de Jesús. También hemos contemplado a Pedro caminando sobre las aguas: mientras mantiene la mirada en Jesús, puede avanzar; cuando mira las dificultades y deja de confiar, comienza a hundirse.

Ahora Jesús lleva a sus discípulos a un lugar más profundo. Ya no basta con experimentar lo que Jesús puede hacer, ya no basta con acudir a Él cuando tenemos hambre, cuando estamos enfermos, cuando tenemos problemas o cuando necesitamos que nos resuelva alguna dificultad.  Jesús quiere que sus discípulos descubran quién es Él.

Por eso comienza preguntando: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?». Las respuestas son diversas: unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. Pero Jesús da un paso más y pregunta directamente: «Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?»

Esta pregunta cambia todo porque ya no se trata de lo que dicen los demás, se trata de mi propia relación con Jesús.

Podemos saber muchas cosas acerca de Jesús. Podemos conocer el catecismo, haber recibido los sacramentos, haber escuchado muchas homilías, saber las respuestas correctas e incluso hablar mucho de Dios. Pero Jesús hoy nos pregunta algo mucho más profundo: ¿Quién soy yo para ti? 


Pedro toma la palabra y responde: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dice: «¡Dichoso tú, Simón, ¡hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo».

Pedro no ha llegado a esa respuesta solamente por sus capacidades humanas.  Ha sido capaz de reconocer a Jesús porque Dios le ha abierto los ojos y el corazón.  La fe es precisamente eso: reconocer que Jesús es el Mesías, el Salvador, el Señor de nuestra vida.

Y aquí aparece también la primera lectura y el salmo. El salmista reconoce la grandeza y la misericordia de Dios y hace una petición preciosa: «Señor, no abandones la obra de tus manos».

¡Qué hermosa manera de comprender nuestra vida! Nosotros somos obra de las manos de Dios. No somos fruto del azar ni estamos abandonados a nuestra propia suerte. Dios nos ha creado, nos sostiene, nos acompaña y, sobre todo, nos ofrece continuamente su salvación.


Pero existe un peligro: olvidar que somos obra de sus manos.  Podemos llegar a pensar que somos autosuficientes, que no necesitamos de Dios, que podemos construir nuestra vida solamente con nuestras propias fuerzas, y ahí aparece la soberbia de la que habla el salmo: «El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio».

La fe comienza muchas veces cuando reconocemos humildemente: «Señor, te necesito».  No porque seamos débiles sin remedio, sino porque descubrimos que nuestra vida tiene una fuente, un camino y una meta que están en Dios.

San Pablo lo expresa maravillosamente en la segunda lectura: «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!», y concluye: «Él es origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos».

En definitiva, la mujer cananea nos enseñó a confiar.  Pedro nos enseñó que, aun cuando nuestra fe sea pequeña y nos hundamos, podemos gritar: «Señor, sálvame».  Y hoy Pedro nos enseña a dar un paso más: reconocer con el corazón que Jesús es el Hijo de Dios vivo.

Por eso no tenemos que vivir nuestra relación con Dios desde el miedo ni pensando que tenemos que hacer méritos extraordinarios para conseguir que Dios nos ame. Dios ya se nos ha dado.  La salvación es un don. Jesús mismo es el gran regalo del Padre para nosotros, nuestra respuesta es la fe, la confianza, la humildad y una vida que corresponda a ese regalo.

 

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