XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

 “¿Quién nos apartará del amor de Cristo?”

                                                   Lima 02/08/26


Las lecturas de este domingo nos presentan un mismo mensaje: la inmensa generosidad de Dios. Un Dios que se entrega sin reservas, que abre sus brazos a todos y que no hace distinción de personas. Para Él no hay color, raza, condición social ni procedencia. Todos somos sus hijos y todos estamos invitados a sentarnos en su mesa. 

 

La primera lectura nos muestra esa invitación llena de ternura: "Vengan, coman y beban". El Señor ha preparado un banquete para todos. Convoca a quienes vienen de cerca y de lejos, del norte y del sur, sin poner condiciones. Dios desea que todos participemos del banquete de la vida, del banquete de su Reino, donde hay lugar para cada uno de nosotros. 

 

San Pablo, por su parte, nos recuerda una verdad que llena el corazón de esperanza: nada podrá separarnos del amor de Dios. Ni la angustia, ni la tristeza, ni el sufrimiento, ni las dificultades de la vida tienen la última palabra. Por encima de todo permanece el amor fiel del Señor, que nunca abandona a sus hijos. 

 

Ese amor se hace todavía más concreto en el Evangelio. Ante la multitud hambrienta, los discípulos proponen despedir a la gente para que cada uno busque alimento. Pero Jesús los sorprende con un desafío: "Denles ustedes de comer." 

Con estas palabras, el Señor también nos pone a prueba. Nos invita a preguntarnos cómo es nuestra generosidad, cuánto somos capaces de compartir, de ayudar, de hacernos cargo de las necesidades de quienes nos rodean. No basta admirar la bondad de Dios; estamos llamados a convertirnos en instrumentos de esa misma bondad para los demás. 

 

Hoy el Señor vuelve a invitarnos a su mesa, la mesa de la Eucaristía. Aquí todos tenemos un lugar. Aquí nadie queda excluido. Todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios y todos somos llamados a participar del Pan de Vida, que es Cristo mismo, presente realmente en medio de nosotros. 

 

Que esta celebración renueve en nuestro corazón el deseo de vivir con la misma generosidad del Padre. Que aprendamos a compartir, a tender la mano, a derribar las barreras que nos separan y a reconocer en cada persona a un hermano. 

 

Pidámosle al Señor que nos conceda un corazón grande, capaz de amar sin medida, de servir con alegría y de construir una comunidad donde todos podamos sentarnos en una misma mesa, unidos por un mismo Espíritu, viviendo la fraternidad que Cristo nos enseñó. 

 

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