XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
“Mujer, qué grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas”.
Lima 16/08/26
La Palabra de Dios que hemos escuchado en este domingo del tiempo ordinario nos presenta una verdad hermosa y esperanzadora: Dios quiere salvar a todos los hombres, sin excepción alguna. No existe persona, pueblo, cultura o nación que quede fuera del amor de Dios. Su corazón es más grande que nuestras fronteras, nuestros prejuicios y nuestras divisiones.
La primera lectura del profeta Isaías nos muestra
precisamente este deseo universal de Dios. El Señor habla de los extranjeros que se unen
a Él y les promete que serán acogidos en su casa, no serán considerados
extraños ni excluidos, sino hijos amados. Por eso afirma: “Mi casa será llamada
casa de oración para todos los pueblos”.
Estas palabras fueron revolucionarias para su tiempo. Muchos pensaban que la bendición de Dios
pertenecía solamente a un grupo privilegiado.
Sin embargo, Dios deja claro que su amor no tiene fronteras. Él no mira
el color de la piel, la nacionalidad, la cultura o la condición social, mira el
corazón de cada persona.
También el salmo responsorial insiste en esta misma idea
cuando proclama: “Que todos los pueblos te alaben”. No dice algunos pueblos, sino todos. El deseo de Dios es reunir a toda la humanidad
en una sola familia.
San Pablo, en la segunda lectura, reconoce que la misericordia de Dios se ha extendido también a los gentiles, es decir, a aquellos que no pertenecían al pueblo de Israel. Pablo descubre que nadie puede presumir de derechos ante Dios. Todos necesitamos de su misericordia. Por eso llega a una conclusión maravillosa: “Dios encerró a todos en la rebeldía para tener misericordia de todos”. Todos somos necesitados de gracia; por eso todos podemos ser alcanzados por la misericordia divina.
Pero es en el Evangelio donde encontramos la imagen más
impactante. Aparece una mujer cananea,
una extranjera, una pagana. En aquel
tiempo los judíos y los cananeos estaban separados por profundas barreras
religiosas y culturales. Humanamente
hablando, aquella mujer no tenía ningún derecho, sin embargo, tiene algo que
muchos otros no poseen: una fe inmensa y una confianza inquebrantable en Jesús.
Ella se acerca al Señor con el dolor de una madre que
sufre por su hija. Grita, suplica y no
se rinde, incluso cuando encuentra silencio y aparente rechazo, continúa
insistiendo. No responde con orgullo ni
con resentimiento, responde con humildad, y esa humildad abre las puertas del
corazón de Cristo.
Finalmente, Jesús le dice unas palabras que son uno de
los elogios más hermosos de todo el Evangelio: “Mujer, qué grande es tu fe; que
se cumpla lo que deseas”.
Mientras el domingo pasado Jesús reprochaba a Pedro su poca fe en medio de la tormenta, hoy alaba la gran fe de esta mujer extranjera. Pedro, siendo discípulo, dudó. Esta mujer, sin pertenecer al pueblo elegido, creyó. Pedro comenzó a hundirse porque dejó de mirar al Señor, esta mujer obtuvo el milagro porque nunca dejó de confiar en Él.
Hermanos, este Evangelio nos invita a revisar nuestro
corazón. A veces nosotros actuamos como
si la salvación tuviera dueños, pensamos que Dios ama más a unos que a otros. Nos creemos jueces de quién merece o no merece
el perdón. Excluimos, señalamos y
condenamos, pero Dios es mucho más grande que nuestros esquemas.
Jesús nos enseña que nadie está fuera del alcance de la
gracia. No existe pecado tan grande que
Dios no pueda perdonar, no existe herida tan profunda que Dios no pueda sanar,
no existe persona tan alejada que Dios no pueda atraer nuevamente hacia sí.
Quiero cerrar esta reflexión con estas preguntas: ¿a quiénes estamos excluyendo nosotros? ¿A quiénes consideramos indignos de la misericordia de Dios?
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