SOLEMNIDAD DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (A)
“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”
17 de mayo 2026
Hoy celebramos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús, después de su resurrección, asciende al cielo y se sienta a la derecha del Padre (cf. Hch 1,9-11). Pero este acontecimiento no es una despedida triste ni un abandono. Podría surgir la sensación de orfandad, como si Cristo se alejara definitivamente de nosotros; sin embargo, el mismo Señor nos había prevenido: “Les conviene que yo me vaya” (cf. Jn 16,7).
La Ascensión no es ausencia, sino un modo nuevo de presencia. Cristo no se aleja para desentenderse del mundo, sino para estar más profundamente presente, ahora en el corazón de los creyentes por el don del Espíritu Santo. Como diría san Agustín, Aquel que ascendió al cielo no se ha separado de nosotros, porque si está en la cabeza, también está en su Cuerpo, que somos nosotros.
Por eso, las palabras de los ángeles en el libro de los Hechos son una llamada directa y provocadora: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?” (Hch 1,11). No es un reproche, sino una sacudida espiritual. La fe no consiste en evadirse del mundo ni en quedarse en una contemplación estéril, sino en asumir una misión concreta.
Jesús mismo lo había dicho con claridad: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). La Ascensión marca, entonces, el paso de una presencia visible a una presencia misionera en la Iglesia. Ahora somos nosotros —cada uno de nosotros— los enviados.
Podríamos decir que hemos recibido un testigo, como en una carrera de relevos. El Evangelio no es algo para guardar, sino para transmitir. Detenerse sería perder el dinamismo del Reino. La fe que no se comunica se debilita; en cambio, la fe que se entrega se fortalece y se multiplica.
Desde una mirada agustiniana, esta misión nace de la interioridad. No se trata solo de hacer cosas, sino de haber encontrado verdaderamente a Cristo dentro de nosotros. San Agustín lo expresa con fuerza: Dios es más íntimo a nosotros que nuestra propia intimidad (interior intimo meo). Solo quien ha experimentado ese encuentro interior puede salir al encuentro de los demás con autenticidad. No anunciamos una idea, sino a Alguien que habita en nosotros.
Hoy, además, celebramos la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. En este contexto, se nos recuerda que el primer medio de comunicación del Evangelio es la propia vida. Antes que las palabras, habla el testimonio. Antes que las estrategias, la coherencia. Sin embargo, también estamos llamados a aprovechar los medios actuales. Las redes, las plataformas digitales, los espacios de comunicación no son fines en sí mismos, sino instrumentos. Bien utilizados, pueden convertirse en verdaderos areópagos modernos donde Cristo puede ser anunciado. La cuestión no es si usarlos o no, sino cómo usarlos: con verdad, con responsabilidad y con sentido evangelizador, o hay verdadera comunicación sin experiencia, ni anuncio sin encuentro. En definitiva, los medios de comunicación, especialmente en el contexto digital, deben ser comprendidos como instrumentos al servicio de la verdad y de la comunión, nunca como fines en sí mismos. El primer “medio” sigue siendo la vida transformada del creyente.
En definitiva, la Ascensión no es el final, sino el comienzo de una etapa nueva: el tiempo del Espíritu y el tiempo de la Iglesia. No es momento de quedarnos mirando al cielo, sino de poner los pies en la tierra con un corazón elevado a Dios.
Que no nos guardemos el don recibido. Así como otros nos transmitieron la fe, nosotros estamos llamados a entregarla. Solo así el Evangelio seguirá llegando a todos los rincones del mundo, por eso debemos de seguir anunciando a Cristo donde estemos y podamos.



Comentarios
Publicar un comentario