Domingo XXIX del Tiempo Ordinario A
«Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios»
Hermanos, hay preguntas que buscan una respuesta y otras que solo pretenden tender una trampa. En el Evangelio de hoy, preguntan a Jesús si es lícito pagar el impuesto al César. Pero Jesús no se deja atrapar y responde con una frase que sigue iluminando nuestra vida: «Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
San Agustín nos ayuda a profundizar en estas palabras con una expresión preciosa: «El César reclama su imagen; Dios reclama la tuya». El César pide una moneda que lleva su imagen; Dios, en cambio, nos pide a nosotros, porque llevamos impresa en el corazón su imagen y semejanza.
La pregunta, entonces, no es solamente qué le debemos al César, sino ¿qué le estamos devolviendo a Dios, de quien hemos recibido la vida? ¿Le estamos devolviendo un corazón lleno de amor, de misericordia, de bondad y de paz? ¿O hemos permitido que otras imágenes ocupen su lugar?
El poder humano muchas veces fabrica sus propias imágenes: la del orgullo, la prepotencia, la soberbia y el dominio sobre los demás. Pero la imagen que Dios ha impreso en nosotros es diferente: es la imagen de su amor, de su humildad, de su ternura y de su misericordia. Por eso, ser imagen de Dios no consiste simplemente en llevar su nombre, sino en vivir de tal manera que los demás puedan reconocer algo de Él en nosotros.
Dar a Dios lo que es de Dios significa devolverle nuestra vida, dejar que Él transforme nuestro corazón y aprender a parecernos cada día más a Jesús. Significa que nuestras palabras construyan la paz, que nuestras decisiones busquen el bien común, que nuestras relaciones estén marcadas por el respeto y que nuestra fe se traduzca en gestos concretos de fraternidad.
Esto también tiene consecuencias para nuestra vida social. Somos ciudadanos responsables, cumplimos nuestros deberes y participamos en la construcción de una sociedad más justa. Pero no podemos entregar al poder, al dinero, a las ideologías o a los intereses personales el lugar que le corresponde únicamente a Dios. Ningún César, ningún gobernante y ningún poder humano pueden convertirse en el dueño de nuestra conciencia ni ocupar el centro de nuestro corazón.
Hermanos, hoy la Palabra nos invita a preguntarnos: ¿qué imagen estamos reflejando en nuestra vida? ¿La imagen de un mundo que busca imponerse sobre los demás o la imagen de Dios que se manifiesta en el servicio, la humildad, la misericordia y el amor?
Que al mirarnos, quienes conviven con nosotros puedan descubrir algo del rostro de Dios. Que nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra sociedad sean lugares donde se refleje su presencia.
Porque, en definitiva, al César le pertenece la moneda que lleva su imagen, pero nosotros le pertenecemos a Dios, porque llevamos impresa su imagen en nuestro corazón.
Devolvámosle, pues, lo que es suyo: nuestra vida, nuestro amor y nuestro corazón. Y que cada día nos parezcamos un poco más a Él.



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