SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS (A)

 


Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

 01 de noviembre de 2026

           

Hoy celebramos una gran fiesta: la solemnidad de Todos los Santos. Sin embargo, esta celebración es más provechosa para nosotros que para ellos, ya que nos ayuda a caer en la cuenta de que, así como la muerte es una realidad a la que ninguno de nosotros puede escapar, la santidad también es una realidad de la que no deberíamos escapar, pues el Señor nos invita a ser santos como Él es santo. Todos estamos invitados; no hay excepciones.

La santidad no se logra por méritos propios, sino que es un don de Dios.  Ahora bien, nosotros tenemos que acoger ese don; no podemos rechazarlo, sino que debemos vivir en santidad como hijos en el Hijo.

Cuando decimos que la santidad es un don, nos damos cuenta de ello en la primera lectura del Apocalipsis, que nos recuerda que toda esa muchedumbre de hombres y mujeres que han alcanzado la gloria de Dios Padre lo ha conseguido gracias a Dios mismo.  La victoria es de nuestro Dios, la salvación es de Él.  Es el mismo Dios quien se nos da como regalo para que lo acojamos y podamos vivir de su misma santidad.

La única manera de vivir esta santidad es reconociéndonos hijos de Dios, como nos dice san Juan en la segunda lectura: «Mirad qué amor nos tiene Dios para llamarnos hijos suyos, pues ¡lo somos!».  Y, como somos sus hijos, participamos de ese mismo amor y de esa misma vida de Dios.  Quiere decir que ahí está la santidad de cada uno de nosotros.  No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir como hijos y, de esta manera, poder ver a nuestros semejantes como hermanos. Si actuamos como verdaderos hijos obedientes, podremos llegar a la gloria de Dios Padre, pero siempre gracias a su amor, a su misericordia y, sobre todo, a su fidelidad.  A nosotros nos corresponde volver la mirada hacia Jesús, que es quien nos enseña a vivir en santidad.

En el Evangelio, el Señor nos presenta un plan de acción, una especie de carta magna del creyente, para poder alcanzar la vida plena. Se trata de un plan de acción realmente paradójico: ¿cómo es posible que quienes lloran, sufren, etc., sean felices? La vida con Dios es muy diferente de la nuestra; casi siempre es todo lo contrario de lo que nosotros esperamos o queremos. La lógica de Dios es distinta de la nuestra, pero no por eso se aleja de nosotros, sino que, más bien, nos ayuda a acercarnos a Él a través de su Hijo.

Jesús tuvo una vida muy diferente de la que proponían la cultura y la sociedad de su época.  Por eso lo tildaban de loco, porque no se acomodó a los criterios de este mundo, sino a los criterios del Padre.  A mi parecer, ahí está la santidad: en vivir a contracorriente de los criterios de este mundo.  Lo que nos sucede a la mayoría es que la sociedad actual nos ofrece un tipo de felicidad que nos conduce por caminos equivocados y que casi siempre nos lleva a vivir de manera desdichada, en contra de lo que nos propone el Evangelio.

La santidad no consiste en alcanzar los grandes éxitos que nos propone la cultura actual, sino en vivir conforme a la voluntad de Dios, que es precisamente lo que más nos cuesta.  Si cumplir la voluntad del Padre le costó a su Hijo Jesús, también nos costará a nosotros.

Quiero finalizar esta reflexión con un fragmento de una de las obras de nuestro padre san Agustín, De sancta virginitate, en la que se refiere al sermón de la montaña, mencionando otros pasajes bíblicos: “Bienaventurados los pobres de espíritu (Mt 5,3): es decir, imitad a quien, siendo rico, por vosotros se hizo pobre (2 Cor 8,9). Bienaventurados los humildes (Mt 5,4): imitad a quien dijo: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29). Bienaventurados los que lloran (Mt 5,5): imitad a quien lloró en Jerusalén (Lc 19,41). Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia (Mt 5,6): imitad a quien dijo: “Mi alimento es hacer la voluntad de quien me envió” (Jn 4,34). Bienaventurados los misericordiosos (Mt 5,7): imitad al buen samaritano, quien socorrió al hombre al que los salteadores habían abandonado en medio del camino, herido, moribundo y sin esperanza (Lc 10,30ss). Bienaventurados los de corazón limpio (Mt 5,8): imitad a quien no cometió pecado y en cuya boca no se halló engaño (1 Pe 2,22). Bienaventurados los hacedores de paz (Mt 5,9): imitad a quien dijo a favor de sus perseguidores: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Bienaventurados los que sufren persecución por su justicia (Mt 5,10), porque quien sufrió por vosotros os dejó ejemplo para que sigáis sus  huellas” (1 Pe 2,21). (San Agustín, De sancta virginitate, 28, 28).

Si vivimos así, es decir, como hijos en el Hijo, seremos santos, porque Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo son santos.

 

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