Solemnidad de Pentecostés
“Vayan y anuncien a Cristo donde puedan”
24 de mayo 2026
Hoy la Iglesia celebra Pentecostés. No recordamos solamente un hecho del pasado; celebramos que el Espíritu Santo sigue descendiendo hoy sobre su pueblo. Lo que ocurrió en Jerusalén quiere ocurrir nuevamente en nosotros: pasar del miedo a la valentía, de la división a la comunión, de la comodidad a la misión.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a los discípulos encerrados, temerosos, incapaces todavía de comprender plenamente su misión. Pero cuando llega el Espíritu Santo, todo cambia. Las puertas cerradas se abren. Los corazones apagados se encienden. Y aquellos hombres sencillos comienzan a anunciar las maravillas de Dios en todas las lenguas.
Pentecostés es precisamente eso: Dios rompiendo nuestros encierros.
A veces nosotros también vivimos encerrados: encerrados en nuestras preocupaciones, en nuestras heridas, en nuestra tibieza espiritual, incluso en una fe demasiado cómoda y silenciosa. Pero el Espíritu Santo no viene para dejarnos igual; viene para impulsarnos.
Por eso el lema de este año de los Agustinos Recoletos cobra tanta fuerza: anunciar a Cristo donde puedan. No donde sea fácil, no solamente donde nos sintamos bien recibidos, sino donde el Espíritu nos empuje.
San Agustín de Hipona decía que el Espíritu Santo es el alma de la Iglesia, el vínculo de amor entre el Padre y el Hijo, y también el vínculo que nos une entre nosotros. No hay Pentecostés sin comunidad, no hay Espíritu Santo donde reina el egoísmo, la indiferencia o la división.
La segunda lectura, de la carta a los Romanos o de la primera carta a los Corintios, según el formulario que se proclame, insiste justamente en eso: todos hemos recibido el mismo Espíritu, aunque tengamos distintos dones y servicios. ElEspíritu no uniforma; armoniza, no elimina las diferencias; las convierte en riqueza para el bien común.
Qué importante es escuchar esto hoy. Porque vivimos en una sociedad donde muchas veces se impone el individualismo: “mi vida”, “mis problemas”, “mi verdad”. Pero Pentecostés nos recuerda que la fe siempre nos conduce a los demás.
El Espíritu Santo no forma cristianos aislados; forma hermanos que viven juntos la fe.
Y eso tiene que ver muchos con nosotros los agustinos recoletos: vivir en comunidad para servir a la Iglesia, buscar a Dios en la interioridad, y desde allí salir a anunciar a Cristo. Primero el fuego en el corazón; después el anuncio con la vida.
Finalmente, el Evangelio nos muestra a Jesús resucitado soplando sobre sus discípulos y diciéndoles: “Reciban el Espíritu Santo”. Ese soplo nos recuerda la creación, cuando Dios sopló sobre el barro y le dio vida al hombre. Ahora Cristo resucitado sopla nuevamente, porque quiere recrear a la humanidad.
Pentecostés es una nueva creación.
Y el primer fruto del Espíritu es la paz: “La paz esté con ustedes”. Pero atención: no es una paz pasiva o conformista, es la paz de quien sabe que Dios está con él y por eso puede salir a evangelizar sin miedo.
Hoy necesitamos cristianos encendidos por el Espíritu, cristianos que oren, sí, pero que también salgan. Cristianos que anuncien a Cristo en la familia, en el trabajo, en las redes sociales, en la parroquia, en las periferias, donde puedan.
Porque el mundo no necesita solamente discursos religiosos; necesita testigos llenos del Espíritu Santo.
Pidámosle hoy al Señor que renueve en nosotros el fuego de Pentecostés, que quite nuestros miedos, nuestras comodidades y nuestras resistencias, y que, como buenos hijos de San Agustín, podamos vivir con un solo corazón y una sola alma orientados hacia Dios, para anunciar a Cristo donde podamos y donde más nos necesiten.



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